¿EN QUE SE DIFERENCIA LA INTOLERANCIA A LA LACTOSA DE LA ALERGIA A LA PROTEINA DE LA LECHE. LA VOS DE LA LECHE.
Muchos piensan que ambas condiciones son lo mismo, pero en realidad, difieren tanto en síntomas como en origen
La intolerancia a la lactosa aparece cuando el organismo no produce suficiente lactasa, una enzima digestiva que se fabrica en el intestino delgado y cuya función principal es la de hidrolizar —descomponer— la lactosa, que es el azúcar presente de forma natural en los lácteos, en dos tipos de tipos de azúcares: la glucosa y la galactosa.
Cuando existe una intolerancia, «la lactosa ingerida no se digiere ni se absorbe adecuadamente en el intestino, lo que da lugar a la aparición de síntomas. Este problema se conoce como malabsorción de lactosa y es el responsable de la intolerancia», explican desde la Fundación Española del Aparato Digestivo (FEAD).
En realidad, la carencia de lactasa puede deberse a diferentes causas. Existe una forma congénita, muy poco habitual en la población, en la que esta enzima está ausente desde el nacimiento por un trastorno hereditario. También puede producirse un déficit secundario de lactasa, generalmente temporal, asociado a enfermedades intestinales que dañan la mucosa del intestino.
Sin embargo, la causa más común es el déficit primario adquirido de lactasa. En estos casos, la producción de la enzima es adecuada durante la infancia, pero disminuye de forma progresiva con el paso de los años. Es muy frecuente y afecta, aproximadamente, a uno de cada tres adultos.
El daño se produce de la siguiente manera: cuando la lactosa llega sin digerir al colon, las bacterias de la microbiota la fermentan y aparecen los síntomas característicos. Estos son diarrea, dolor abdominal, hinchazón, aumentos de gasas y ruidos intestinales.
La intensidad de la manifestación clínica depende de la lactosa ingerida y del grado de actividad de lactasa que tenga cada persona. Si se consume de más, aparece el problema. Eso sí, «la mayoría de los adultos con déficit conservan una cierta actividad residual de la enzima, lo que les permite tolerar pequeñas cantidades de lactosa sin presentar síntomas importantes», indica la entidad.
El diagnóstico parte de los síntomas y de su relación con el consumo de leche y de productos lácteos. Y, aunque en la mayoría de pacientes hay molestias digestivas, en otros, puede provocar síntomas menos específicos, como náuseas o cefalea, por lo que a menudo es necesario recurrir a pruebas complementarias para confirmar la sospecha clínica.
Para su diagnóstico existen distintas herramientas,desde pruebas de tolerancia, análisis de orina o estudios realizados a partir de biopsias intestinales. Con todo, desde la FEAD indican que el método más empleado en la práctica clínica es el test del aliento con hidrógeno, que mide la cantidad de hidrógeno presente en el aire espirado tras la ingesta de una dosis determinada de lactosa. Cuando este gas aumenta por encima de los valores normales, indica que la lactosa no ha sido digerida adecuadamente y que ha llegado al colon, donde es fermentada por las bacterias intestinales.
El manejo de esta intolerancia se basa en reducir la ingesta de lactosa hasta niveles en los que la persona la puede tolerar sin problema. Una estrategia que, hoy en día, resulta más sencilla ya que existe lactasa en forma de suplemento y productos sin lactosa. Además, recuerdan desde la fundación médica que muchas personas con malabsorción pueden tolerar hasta unos 10 gramos de lactosa en una sola toma sin desarrollar síntomas, lo que abre la mano a la hora de facilitar ciertas decisiones alimentarias. Además, los médicos digestivos hacen un pequeño apunte: la lactosa oculta en algunos medicamentos. «Se estima que aproximadamente uno de cada cinco fármacos contiene lactosa como excipiente, lo que puede generar problemas de tolerancia, especialmente en personas que toman varios medicamentos de forma habitual», puntualizan.
Productos que pueden contener lactosa y se deben restringir según la tolerancia:
Leche entera o desnatada, nata, mantequilla, queso, yogur entero o desnatado, helado, leche condensada, margarina, salsas, embutidos, pan, bollería, chocolate, pasteles, tartas, galletas, platos precocinados, algunos purés y sopas.
Alergia a la proteína de la leche
Cosa diferente es la alergia a la proteína de la leche, que se produce cuando el sistema inmunitario responde de forma exagerada ante determinadas proteínas —caseína y betalactoglobulina, principalmente— presentes en la leche de vaca. El organismo libera, como reacción, anticuerpos frente a ellas, entre los que destaca la inmunoglobulina E y, como consecuencia, libera sustancias químicas como la histamina, responsables de la aparición de los síntomas.
Se considera una de las alergias alimentarias más habituales en la infancia y suele aparecer en los primeros meses de vida. Puede manifestarse cuando pequeñas cantidades de estas proteínas pasan a través de la leche materna o tras la introducción de fórmulas infantiles elaboradas con leche de vaca; sin embargo, la buena noticia es que la evolución acostumbra ser favorable. Una amplia mayoría de los niños —alrededor del 85 %— deja de ser alérgico durante los primeros tres años de vida, por lo que su presencia en la edad adulta es poco habitual.
Al ser una alergia, la afectación puede ser multisistémica, es decir, provocar síntomas en distintos órganos del cuerpo. Las manifestaciones más frecuentes son las cutáneas, que incluyen picor, enrojecimiento de la piel, erupciones, urticaria, inflamación de labios y párpados o irritación alrededor de la boca. Aunque también son habituales los síntomas digestivos: el picor en la lengua, el paladar o la garganta, el dolor abdominal tipo cólico, la diarrea, la presencia de sangre en las heces, las náuseas, los vómitos, las regurgitaciones o el rechazo de los alimentos, especialmente en los niños pequeños.
La afectación respiratoria puede manifestarse con rinoconjuntivitis, dificultad para respirar, episodios de asma o sibilancias, los característicos pitidos al respirar. En los casos más graves, aunque son poco frecuentes, la reacción alérgica puede desencadenar una anafilaxia, una emergencia médica que requiere atención inmediata.
Por lo general, los síntomas aparecen de forma rápida, habitualmente en la primera hora tras la ingesta o el contacto con la leche. «A diferencia de la alergia a la proteína de la leche, la intolerancia a la lactosa produce sobre todo síntomas digestivos y no afecta a tantos órganos del cuerpo», indican desde la FEAD.
El diagnóstico se establece a partir de la historia clínica del paciente y de diferentes pruebas que permiten confirmar la sensibilización alérgica. Entre las más utilizadas se encuentran las pruebas cutáneas, como el prick test, y los análisis de sangre para detectar inmunoglobulina E (IgE) específica frente a las proteínas de la leche.
En algunos casos también se recurre a las pruebas de provocación oral, consideradas la herramienta más precisa para confirmar o descartar la alergia. Estas consisten en administrar cantidades crecientes de leche bajo una estricta supervisión médica para comprobar si aparecen síntomas, por lo que siempre deben realizarse en un entorno sanitario preparado para actuar ante una posible reacción alérgica.
Como es lógico, el tratamiento se basa en evitar por completo la leche de vaca y todos los alimentos que contengan sus proteínas. En los lactantes, la alternativa habitual son las fórmulas extensamente hidrolizadas, en las que las proteínas han sido fragmentadas para reducir al máximo su capacidad de desencadenar una reacción alérgica. A«En niños mayores de seis meses, en algunos casos pueden utilizarse fórmulas a base de soja, siempre bajo indicación médica», señalan los médicos digestivos, quienes recuerdan que el seguimiento para evaluar y controlar la evolución es fundamental. «Con el tiempo, se valora si aumenta la tolerancia a las proteínas de la leche mediante la introducción progresiva de pequeñas cantidades, ajustando la dieta según la evolución de los síntomas», apuntan.
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